Que en 1903 Wilbur y Orville Wright fueran capaces de hacer que el Flyer I se elevara cuarenta metros sobre el suelo de Kitty Hawk durante doce segundos ha terminado significando tanto para la igualdad del ser humano normal y corriente como la imagen del coronel Colt haciendo rodar su tambor de cinco balas casi tres cuartos de siglo antes. Basta con acudir a cualquier aeropuerto a las seis de la mañana para comprobarlo. Al de Palma mismo.
A las seis de la mañana en el aeropuerto de Palma hay gente que ha llegado en taxi, gente que lo ha hecho en autobús y gente tan hijoputa que ha conseguido que sea un amigo quien la lleve. Gente que viaja para cerrar un negocio, gente que se marcha de vacaciones y gente que huye dejando atrás una vida entera. Gente que vuela en primera y gente que lo hace en turista. Gente diferente, en suma, a la que hoy convierte en igual el infortunio de no haber encontrado billete para volar a una hora más decente y poder dormir un poco más. Gente que se consuela al ver que ahora mismo, a las seis y cinco, acaba de llegar también Rafael Nadal con sus raquetas. Y todo gracias a los hermanos Wright. Wilbur y Orville, ya digo.
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