Digámoslo claro: lo único que el capitán Francesco Schettino podría haber hecho para conseguir que sintiéramos algo de lástima por él es pegarse un tiro nada más poner pie en tierra firme. ¿Acaso no es eso lo que hizo el capitán Langsdorff después de dinamitar el Graf Spee en pleno estuario del Río de la Plata? ¿Y no fue esa misma también la decisión que tomó el almirante Villeneuve cuando volvía a París para rendir cuentas ante Napoleón tras el desastre de Trafalgar? Pero incluso para eso es ya demasiado tarde.
Desbordado por la vergüenza, Schettino se defiende ahora jurando que él no abandonó premeditadamente el barco, que cayó por la borda y fue a parar casualmente a un bote salvavidas. ¿Pensará realmente el buen hombre que en algún lugar del mundo puede haber alguien capaz de creerse una historia tan ridícula? Aquí desde luego no.
-¿Y lo del solomillo de Contador?
-Ah, eso era diferente.
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