lunes 16 de enero de 2012

Entre la tradición y la horterada

Cuando era niño, una Navidad resolví ponerme manos a la obra y de una vez por todas montar en mi casa un belén como Dios manda. Un belén con figuritas, casas, montañas, valles, ríos y musgo y papel de plata por un tubo. Nada de tigres de bengala, robots asesinos, cascos azules de la OTAN ni recién nacidos a pares en la cueva, como el año anterior. Cómo me saldría de bien y, sobre todo, de grande, que llegó el mes de marzo y el belén todavía seguía allí esperando que alguien se decidiera a desmontarlo. Me he acordado de todo ello esta mañana al salir a la calle y ver que a pesar de que ya hace una semana larga que se acabaron las fiestas, un vecino de mi barrio todavía tiene colgados sus dos enormes papas noel en el balcón.

​En ninguna parte de la Biblia se dice que los Reyes Magos fueran tres ni que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar. Que uno de ellos fuera negro es una circunstancia que se intuye como probable teniendo en cuenta que venía desde muy lejos, pero tampoco deberíamos darlo tan alegremente por sentado sin intentar hacer antes algunas averiguaciones. O sea, que si aquí en Palma se nos hubiera ocurrido hacer una Cabalgata de Reyes con cuatro o cinco reyes magos en lugar de tres nadie se habría podido quejar argumentando que íbamos en contra de las fuentes de la revelación.

​Ahora bien, Papá Noel ha habido uno y nada más, eso está fielmente documentado, por mucho que ahora nos dé por discutir si el color rojo de su traje es un invento de la Coca-cola o ya había dejado de ir de verde antes de salir en los anuncios. Papa Noel se llamaba en realidad Nicolas de Myra, vivió en el siglo IV en Anatolia y sus supuestas reliquias se conservan en la iglesia de San Nicolás de Bari. Dicho de otra manera, uno es tradición; dos es horterada.
Un paseo por Ciutat, en Última Hora