¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, de los imbéciles. Bueno, yo en realidad quería haber hecho una serie de artículos sobre los inútiles. Porque -aquí estarán de acuerdo conmigo- pocas cosas te irritan más cuando vas a comprar algo o a hacer tal o cual gestión que encontrarte al otro lado del mostrador a un inútil que no se entera. Lo que pasa es que todavía hay algo peor que eso: un inútil con un imbécil al lado dándole órdenes. Me sucedió no hace mucho en una oficina bancaria a la que fui a cobrar un cheque. En la caja había una chica en su primer día de trabajo: la inútil (lo siento, pero no me pidan clemencia: yo no cometí faltas en mi primer artículo; vine convenientemente enseñado). A su lado, tutelándola por encima del hombro, uno de los empleados veteranos del banco: el imbécil. Y uno de los tipos de imbécil más peligrosos que existen, además: el imbécil ante la oportunidad de su vida.
Tardé cerca veinte minutos en salir de allí con mi dinero. El tiempo que empleó el imbécil en llamar la atención de la inútil sobre una minúscula diferencia entre el caracoleo final de la rúbrica del talón y la registrada originalmente por el titular de la cuenta, obligarla a realizar las comprobaciones de rigor bajo la luz del foco, al trasluz y con el rabillo del ojo, hacer dos llamadas telefónicas e incluso ponerse en contacto con la oficina central solicitando instrucciones precisas.
Cuando por fin recibió el visto bueno, el imbécil dio permiso a la inútil para dejarme marchar con mi dinero. Doscientos euros de mierda.
-¿Y seguro que no quiere lotería?
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada