"Yo, señor, no soy malo -empezaba su alegato Pascual Duarte-, aunque no me faltarían motivos para serlo". Bueno, pues qué quieren que les diga: yo tampoco, pero tengo que reconocer que de un tiempo a esta parte le estoy empezando a coger gustito. Por ejemplo, a mí antes nunca se me habría ocurrido colgarle el teléfono a nadie. No habría sido capaz de dar por terminada una conversación sin haber escuchado antes la voz de mi interlocutor despidiéndose hasta otro día. Pero miren si me estoy volviendo malo últimamente que ya tengo ganas de que me llamen de nuevo para hacerlo otra vez (y con un poco de suerte será hoy mismo, no falla). Porque además, como a Pascual Duarte, a mí tampoco me faltan motivos. Porque no quiero cambiar de compañía telefónica, ni tampoco me interesa ese nuevo servicio que ofrece la mía que de contratarlo hoy mismo me permitiría, además de poder llamar a cualquier número nacional completamente gratis, ver otros cuarenta canales de televisión más. Porque a la hora que me llaman normalmente estoy trabajando y no puedo perder más tiempo del que ya acostumbro a perder de manera habitual. Porque cuando le digo a alguien que no, lo menos que espero es que respete mi decisión, no que me eche en cara los hipotéticos beneficios a los que se supone voy a renunciar ni la cantidad de dinero de más que según él seguiré pagando tontamente cada mes. Y porque estoy hasta los huevos, hombre.
En Última Hora
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada