sábado 17 de marzo de 2012

IV

En septiembre 1938, Henry Tandey, héroe de la I Guerra Mundial, condecorado con la Cruz Victoria, recibió en su casa la llamada del primer ministro británico. Neville Chamberlain tenía un mensaje que transmitirle. Antes, quiso cerciorarse de que era el mismo Tandey que contaba que en la batalla de Marcoing en 1918 había decidido no dispararle a un soldado alemán herido que tenía a escasos metros. Tandey confirmó que era él y que aquel episodio era cierto. Él no disparaba a enemigos heridos. Siendo así, Chamberlain quería hacerle llegar el agradecimiento personal de aquel soldado alemán al que pudo matar y no quiso. Acababa de estar con él en su refugio de los Alpes Bávaros. Se llamaba Adolf Hitler.

Quizás no fuera en Marcoing en 1918 sino en Yprés en 1914. Quizás no fuera Henry Tandey y quizás tampoco la llamada de Chamberlain se produjera nunca. Aunque también puede que todo sea cierto. Cierto es, sin duda alguna, que durante la I Guerra Mundial Adolf Hitler estuvo en el punto de mira de un soldado británico que al final no disparó.

martes 6 de marzo de 2012

Palabra de Heródoto

Camino por Joan Miró a primera hora de la mañana y de pronto me sobresaltan las voces de una mujer que viene detrás de mí hablando sola a grito pelado. Me aparto de un salto para dejarla pasar, haciendo por si las moscas un amago de protegerme el cogote, y resulta que es la cartera del barrio, que va haciendo su reparto de certificados mientras discute con no sé quién por el manos libres.

Yo de estas cosas no me entero mucho, pero si algo tenía entendido era que el teléfono móvil ése que te permite hablar sin necesidad de tenértelo que llevar al oído se inventó pensando en los que normalmente van a todas partes en coche, que cada vez que por cualquier capullada les llamaba su mujer (o su marido, no se me vaya a cabrear la de siempre) se jugaban una multa y que les quitaran cuatro puntos; ahora, sin embargo, nos encontramos con que quienes principalmente lo usan son los carteros y los barrenderos, que lo único que conducen es un puto carrito y no se bajan de la acera.

No sé qué pasa que en Palma casi no hay cartero al que no se le vea salir cada mañana a hacer su recorrido con el auricular metido en la oreja, oye. Ya lo dijo Heródoto en su momento, aunque él se refiriera más concretamente a los carteros persas: "Ni la lluvia, ni la nieve, ni el calor, ni la oscuridad de la noche, ni mucho menos la llamada inoportuna de un amigo plasta les impedirá cumplir a la mayor velocidad posible con la obligación que se les ha encomendado". Sobre los barrenderos persas no se sabe que Heródoto dejara escrito nada, pero estoy seguro de que, usaran o no el manos libres, tenían las calles de Persépolis como los chorros del oro.
Un paseo por Ciutat, en Última Hora

jueves 1 de marzo de 2012

Cazatesoros

El capitán Nemo financiaba su megalomanía criminal gracias al tesoro de la Flota de Indias que los ingleses hundieron en la ría de Vigo al comienzo de la Guerra de Sucesión. Cada vez que se quedaba sin dinero para sus paranoias ponía el Nautilus rumbo al estrecho de Rande y mandaba a sus buzos a que se pusieran las botas de plomo y salieran a por fondos. Aunque parece que en Rande no ha habido nunca tanto oro y plata como se suponía porque la mayor parte del cargamento fue desembarcado a tiempo -adónde fue a parar luego es otra cuestión, recuerden que estamos en España-, la imaginación de Verne se adelantó unas cuantas décadas al momento en que el primer cazatesoros profesional se dio de alta en la Seguridad Social. En su clarividencia no acertó a adivinar, sin embargo, que en el futuro habría tribunales que se declararían competentes en la materia. De haber siquiera intuido Verne que un tribunal como el de Tampa podía obligar a que una empresa de rescates devolviera a España el cargamento recuperado de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, hundida frente a las costas de Portugal hace dos siglos, no solo le habría podido parar los pies a Nemo sin necesidad de enviar contra él al almirante Farragut al mando del "Abraham Lincoln", sino seguramente conseguir también que un juez de la Florida acabara embargándole la Isla Misteriosa. Nosotros, mientras tanto, seguimos preguntándonos dónde putas vamos a meter ahora seiscientas mil monedas de oro.
En Última Hora


miércoles 29 de febrero de 2012

III

Vía Javier Sanz descubro lo que cobraba un escriba en la Roma del siglo III.

Según el convenio colectivo establecido por decreto por el emperador Diocleciano, un escriba de opinión del año 301 podía cobrar hasta 24 denarios por cada cien líneas que escribiera, lo que vendrían a ser ocho denarios por un folio de los de hoy. Un artículo de dos folios le permitía empezar el día yendo al barbero a cortarse el pelo (dos denarios), pasar luego por el bar a tomarse una jarra de medio litro de cerveza egipcia (dos denarios; la gala valía el doble), y terminar parándose en una carnicería a comprar medio kilo de carne de ternera (12 denarios) antes de volver a casa para continuar escribiendo las trescientas líneas necesarias para pagar al pintor que había venido a encalar la pared del dormitorio.